Hacer el amor, aun…

Fernanda Otoni Brisset

Psicoanalista. Analista Miembro de la Escuela (AME) por la Escola Brasileira de Psicanálise (EBP) y la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

E-mail: fernanda.otonibb@gmail.com

RESUMEN

Con base en Sigmund Freud, Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, se examina en este texto el lugar del amor en la experiencia analítica, tomándolo como operador clínico desde el inicio hasta el final de un análisis. Se demuestra cómo el amor-repetición, que al comienzo de un análisis alimenta el engaño del Sujeto Supuesto Saber bajo transferencia, es la materia que, a partir de la caída del sentido, participa de un saber-hacer con eso – un amor-invención –, orientado por el Uno del goce y por el agujero que lo constituye.

Palabras clave: amor-repetición; amor-invención; transferencia; saber-hacer.

RESUMO

Com base em Freud, Lacan e Jacques-Alain Miller, examina-se neste texto o lugar do amor na experiência analítica, tomando-o como operador clínico do início ao final de uma análise. Demonstra-se como o amor-repetição, que no início de uma análise alimenta o engano do Sujeito Suposto Saber sob transferência, é a matéria que, a partir da queda do sentido, participa de um saber-fazer com isso – um amor-invenção –, orientado pelo Um do gozo e pelo furo que o constitui.

Palavras-chave: amor-repetição; amor-invenção; transferência; saber-fazer.

ABSTRACT

Based on Freud, Lacan, and Jacques-Alain Miller, this text examines the place of love in the analytic experience, taking it as a clinical operator from the beginning to the end of an analysis. It shows how repetition-love, which at the beginning of an analysis sustains the subject’s misrecognition of the Subject Supposed to Know under transference, is the very material that, through the fall of meaning, comes to participate in a know-how with it – an invention-love –, oriented by the One of jouissance and by the hole that constitutes it.

Keywords: repetition-love; invention-love; transference; know-how.

El amor, en nuestra época, anda muy loco…

Los amores artificiales en Japón (Les Amours artificielles au Japon), libro de Agnés Giard (2025) recién publicado, anuncia que uno de cada tres japoneses declara estar enamorado de un personaje ficticio. Con compañeros virtuales creados por la inteligencia artificial, no necesitan ya de los cuerpos para hacer el amor. Prácticas cada vez más bizarras de satisfacción sexual, sin acto o relato entre dos, solo la complacencia inmediata del goce en sí. El mercado de la pornografía ya sabe hace mucho que no existe el goce del cuerpo del Otro y estimula la adicción al cuerpo que se goza. Para muchos, ya no interesa hablar de amor – hacer el amor pasó de moda – conforme a la lógica de un discurso que forcluye las cosas del amor: ¡solo goce!

Los circuitos del goce rápido no dan tiempo para que el erotismo tenga lugar. Siempre se supo que el objeto con valor erótico se muestra escondido, suspendido en la grieta – o, para decir con Bataille (2026), la prohibición lo ilumina. Hacer con ese velo es un arte que las histéricas saben: suspender el goce para mantener encendido el deseo – hacer esperar mil y una noches, si fuera preciso, para que la llama siga viva, sin debilitarse. Sherezade, las histéricas y Lacan supieron hacer de la espera un rasgo temporal esencial en su erótica (Miller, 2016).

La erótica requiere tiempo. Pero, hoy, la espera es lo que menos se soporta.

No hay razón para la nostalgia, pues cada época convive con su paradoja. Fabián Naparstek me contó lo que ha oído de jóvenes inquietos por cosas del amor: hablaban de las dificultades en las relaciones amorosas, de amistad, poliamor… de las relaciones laxas, tóxicas, asexuadas… a veces aferradas, a veces dejándote colgado –lazos que se anudan y se desanudan en lo que dura un click. Hablan del tormento de ser dejados en visto o ghosteado… De la nada, la persona se evapora. Es extraño, incomoda… trastorna. Sabemos de eso en la clínica: lo que acontece en las pantallas se experimenta en lo real del cuerpo mismo. Si los encuentros ocurren a través de aplicaciones de citas y redes sociales, dentro y fuera de la pantalla, el desencuentro causa malestar.

Nuevos tiempos con una antigua pregunta: ¿Cómo hacer existir la relación… cómo hacer el amor? La pregunta sobre el amor no perdió su actualidad, se continúa hablando de amor; se habla mal del amor, se habla del mal de amor. La inexistencia de la relación sigue jugando su partida.

Fue con cierta sorpresa y alegría que encontré en el joven Lacan la misma pregunta e inquietud. Él sospechaba que las relaciones entre hombres y mujeres tenían un papel determinante en los síntomas de los seres humanos y, por lo tanto, resolvió estudiar medicina; fue su manera de sumergirse en esa sospecha. Él dijo, en su conferencia en Yale, 1975, que intentando leer tal síntoma se fue aproximando progresivamente en dirección a aquellos que no eran exitosos, allí donde verificaba una especie de falencia en lo que concierne a la realización de lo que es llamado amor (Lacan, 1975). En El Seminario 20, también menciona que no hace otra cosa desde que cumplió 20 años que explorar filosofías sobre el tema del amor (Lacan, 1972-1973/2006). Digamos que Lacan era un joven como ustedes: inquieto con las relaciones e interesado en las cuestiones del amor. Tal inquietud lo acercó de la locura, cuyo recorrido lo condujo, al final de su enseñanza, a afirmar que no hay relación sexual. Con ese no hay, de la nada se hace mucho, mucho se inventa, mucho se delira… Por lo tanto, Lacan (1978/2010) dirá más tarde: “todo el mundo es loco, es decir delirante”.

Jacques-Alain Miller (2004/2006), siguiendo la vía abierta por Lacan, dirá: “El amor en las psicosis nos enseña sobre el amor en general”, pues revela lo real incluso en el amor qué hace evidente que nos gusta “amar a Otro que no existe, sea hombre, mujer o Dios” (p. 11-12)… Miller dirá que debemos a ese amor loco (es decir, a esa “forma singular de la subjetividad humana sin la cual la civilización, que no es nada sin Eros, no existiría”) lo mucho que hoy sabemos “sobre esta locura común que es el amor y sobre la transferencia” (p. 11-12). La materia del psicoanálisis es la misma que la del amor. Escucho a Lacan (1972-1973/2006, p. 101): “en efecto, lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar de amor”, pues es hablando que se hace el amor, ya que “hablar de amor es en si un goce”.

Por lo tanto, para avanzar con el título propuesto, me parece oportuno verificar lo que sucede con el amor que tiene lugar en la experiencia analítica misma, a partir de ese lazo de amor muy particular que llamamos transferencia, pues es a través de ese amor que, desde Freud, sabemos sobre las cosas del amor. Lacan, en su enseñanza, hace un recorrido del amor transferencial hasta llegar a un nuevo amor al final. El amor como punto de partida y de llegada. Y es sobre hacer ese amor, el amor que se hace en análisis, que quiero conversar con ustedes, ¡por que no se hace análisis sin el amor!

Al comienzo, ¡el amor!

Freud apostó a que la incapacidad de amar de la que se quejaban sus histéricas se podría resolver abordando por la palabra los nudos traumáticos que impedían su expresión. Para tratar el mal de amor, el remedio es un nuevo amor. Freud hizo valer tal adagio a través de la transferencia, y Lacan le dedicó a El Seminario 8 e hizo de ella un concepto fundamental del psicoanálisis en El Seminario 11. Hablar de amor a un Otro es la vía para hacer el amor. La práctica analítica es, por lo tanto, una “erotología” (Lacan, 1962-1963/2007, p. 23), donde la retórica conduce a la erótica.

Si Lacan (1960-1961/2003) dice que en el comienzo del psicoanálisis está el amor – la transferencia –, sabemos que antes de comenzar a analizarse, la materia de la angustia lo precede. Sucede la irrupción de un sínto-mal ruidoso, intenso, denso y que surge de lo más íntimo, de lo Heimlich (Lacan, 1962-1963/2007). El ticket de entrada en la experiencia analítica trae impresa esta materia prima que se soltó de la novela simbólica, agujereando la ficción de ser – causando una primera destitución subjetiva que lanza al sujeto a la experiencia del exilio en sí mismo. Es de ese lugar sin yo y sin Otro, que brota la demanda de análisis – una demanda de amor – que quiere reunir esa cosa desentramada a un Otro cualquiera o a un objeto de donde agarrarse para salir del agujero. Ese comienzo es espeso, confuso, nada transparente, como diría Lacan, su materia es urgente, opaca e insondable, y adentrarse en esa dimensión fuerza a la creación de lo que sea – y entre ello – a la creación del analista.

Freud (1915/2012) cuenta que el analizante llega impedido en su capacidad de amar debido a las fijaciones infantiles y, forzado por la situación analítica misma, transfiere al analista ese material denso represado. Para Freud, una primera experiencia de satisfacción fijó la libido a un supuesto objeto perdido, que no existe, y cada elección de amor ulterior será un desplazamiento de esa materia prima a partir de un rasgo que lo soporte. Un amor repetición. Así, en Freud el amor es transferencia: el sujeto vislumbra en X, el rasgo del objeto perdido, y hace de ese detalle agalma del lazo. Como un dispositivo pasador, la transferencia funciona como un canal donde la materia libidinal, Un goce al inicio deslocalizado, se desliza hacia un nuevo objeto de amor – el analista – supuesto saber leer su esfuerzo de bien decir el sinto-mal que lo aflige. Eso apasiona y se desplaza, en la lengua del amor, del odio o de la ignorancia, de las ficciones del páthos – al modo de cada uno – dando vida a las palabras, a los sueños y al propio analista.

Digamos que el psicoanálisis inventado por Freud trajo al mundo un aparato llamado asociación libre, que impone a la materia del goce pasar por las palabras, activando la estructura creacionista del lenguaje, que de la nada crea ficciones analíticas en un esfuerzo de decir eso que vive exilado en sí y urge sin saber. Pero la transferencia de ese goce a las palabras no se da sin resistencia. La transferencia, tanto como la resistencia, no creó ese amor. Ella va a encontrarlo, servirse de él (Freud, 1915/2012). O sea, ese afecto ya estaba allí, no es creación del psicoanálisis; es transferido a la escena analítica al mismo tiempo en que se sirve de ella para resistir. Leo a Lacan (1953-1954/1981):

En ciertos casos, en el momento en que parece dispuesto a formular algo más auténtico, más candente que lo ha conseguido hasta entonces alcanzar, el sujeto se interrumpe y emite un enunciado que puede ser éste: Súbitamente me doy cuenta de su presencia. (p. 70)

Un resto sigue retenido, no sabido, sirviéndose de la propia transferencia como defensa a lo que persiste intransferible y sobre lo cual no se suelta una sola palabra. Ese amor en transferencia, tensionado por la fuerza de la resistencia – condición para que el espíritu del submundo venga a la superficie (Freud, 1915/2012) –, impone a la producción de un sentido siempre en la forma de un engaño, un tropiezo, une bévue. Es ese engaño lo que permite transferir al decir Un goce que insiste, resiste y pide traducción. Al inicio de un análisis, es ese el sentido del amor: dar paso al goce en el hablar. Esa es la satisfacción que todo analizante experimenta al embarcarse en el viaje analítico.

Cuando Lacan (1972/2023) dijo en su conferencia en Lovaina que “la transferencia es el amor”, en una referencia a Freud; él no evocaba allí un amor romántico, sino más bien un amor al saber. Al comienzo, tal amor parece interesado en saber la verdad de lo que ¿se? sufre, elevando al analista a la función de Sujeto supuesto Saber, como normalmente decimos en nuestra parroquia. Pero ese amor solo está interesado en no saber. Su función es engañar. Es un amor que engaña para satisfacerse. Es otra manera de decir que la transferencia es resistencia.

Ese amor es la transferencia de la materia del Uno del goce que desliza y se sirve del analista como semblante de un objeto que no hay – como suplencia, como ausencia, como supuesto saber, o como testimonio de una pérdida. Toma su cuerpo como una metáfora, lo interpreta, lo desea, lo engaña. Aproxima, tropieza ¡y se satisface!

Dócil a las maniobras de ese engaño, el analista con su presencia sigue sensible al instante de une bévue, de una equivocación, por donde pasa eso que allí, más allá del amor y del saber, resuena como equívoco en la forma de una enunciación analizante.

Aún, hacer el amor…

Lacan prosigue con su enseñanza y el Otro, el saber, el sentido sufren una reformulación en la medida en que lo inconsciente transferencial es puesto en cuestión. La experiencia analizante verifica que el inconsciente transferencial activado por el engaño del amor al saber es una máquina que no cesa de producir sentido.

Tal amor al saber es como una sed insaciable, que siempre quiere más y más. En el tratamiento, la interpretación por el sentido le da de beber a ese Uno del amor que no termina de satisfacerse. Freud (1937/2012) pasa por tal impasse en su texto “Análisis terminable e interminable”. Lacan, en su última enseñanza, también se da cuenta de que el inconsciente transferencial no lleva al final de un análisis, pues tiende a hacerse infinito a través de un goce sentido. El amor al saber es obstáculo – una defensa a lo real que lo causa – una vez que, como dirá Miller (2010a), la causalidad opera en un nivel más profundo que la transferencia, en el ámbito que Lacan llama satisfacción. Y el análisis es el medio de esa satisfacción urgente.

Lacan prácticamente ya casi no habla de transferencia al final de su enseñanza; sin embargo, seguirá hablando de amor. Él persigue la urgencia, instalando al analista como un Otro que sigue aquello que urge, que no se deja aprehender, pero que gobierna la existencia. Si el ser hablante vuelve cada vez a sesión, dirá Miller, es por lo que urge y no por la transferencia. El sujeto supuesto saber pierde su puesto; en el seminario “Momento de concluir”, Lacan (1977-1978, s.p., nuestra traducción) dirá: “Lo que digo de la transferencia es que la desarrollé tímidamente como siendo el Sujeto supuesto Saber. Pero, un sujeto es siempre supuesto; no hay sujeto, evidentemente – hay solo el supuesto. ¿Qué quiere decir eso?” Que el saber que cuenta del lado del analista es que “él sabe cómo operar” (s.p., nuestra traducción). Él corta la conexión de sentido entre S1 y S2.

Cuando el inconsciente transferencial pone en acción al Sujeto supuesto Saber y a la asociación libre, apuntando al sentido, el analista – como el cirujano – corta. El corte de cada final de sesión deja un resto por decir y se acerca al supuesto objeto a, un residuo sin sentido que hace resonar “otra cosa diferente de lo que es dicho con intención de decir” (Lacan, 1977-1978, s.p., nuestra traducción). Ese resonar remueve el tejido de sentido, y da a leer lo mismo de otra manera. El testimonio de Susanne Hommel (2022) evidencia la transferencia de ese resto, esa materia sonora, y sus efectos en la mutación del amor en análisis:

La palabra alemana Gestapo, por medio de un gesto en el cuerpo, gest à peau, pasó a la lengua francesa. Un acto de traducción. La dulzura de ese gesto dulcifica mi rechazo de esa lengua. Ese gesto también hacía un corte, una grieta […] Allí donde él está lo más próximo de lo real. (p. 31-32, nuestra traducción)

Un corte que rehace la grieta, agujero por donde secreta del cuerpo la sustancia sonora en la forma de un equívoco creativo con las palabras. El analista corta, pero la interpretación es del ser hablante, que con sus oídos lee lo que se oye de otra manera. El no todo como la lógica del corte, fuerza en la grieta el sonido de lalengua en el cuerpo… un nuevo modo de leer, decir y vivir la pulsión más allá del sentido.

El acto analítico, al final, opera como una ayuda contra el sujeto supuesto saber – ayuda a empujarlo hacia el desfiladero del des-ser, mientras sigue al ser hablante en el desierto de su exilio, hasta desaparecer. En ese descenso, solo hay Uno y el a como semblante de lo que no hay. Solo hay el Uno del goce y el agujero, que se abrazan para inventar una nueva ficción – “un sinthoma se enlaza en ese lugar del Uno agujereado”, dirá Lacan (1967/2010, p. 20, nuestra traducción). “Y allí se encuentra, por más sorprendente que eso pueda parecer, su cara de satisfacción” (p. 20, nuestra traducción).

Al final, en un solo golpe, surge la más pura nada, cuya travesía lleva del No hay al Uno que hay – que ya estaba allí, enmascarado en el teatro del Otro, bajo la envoltura de las pasiones y sus ficciones. Si el trabajo analítico sigue dócil a las ficciones de la verdad, en el tiempo en que dura un análisis, es con la condición de ir aislando ese Uno solo, última parada antes de lo real. Es con ese Uno que se inventa una salida original, un saber hacer con ese “a” supuesto en un Otro que no existe. El corte entre S1 y S2 hace oír une bévue, una equivocación – el sonido de lalengua – pues es allí “donde existe el Otro tachado”, dirá Miller (2010b, p. 9, nuestra traducción), “es necesaria la invención” – única garantía que se puede obtener de un análisis. El corte reabre la grieta, no hay relación, el amor es vacío y esto es un respiro y ya no un sufrimiento (Lacan, 1976-1977, s.p., lección de 15/03/77, nuestra traducción). Cuando se está allí, ¡lo real es creativo!

Leemos en nuestros libros de cabecera que al final surge el sinthoma, escrito con la letra hache, letra muda de goce, fuera de lugar, cuyo rugido en la lengua pide traducción desde la puerta de entrada. Con ese resto desalojado del Otro, le toca a cada uno inventar un lazo; es con ese Uno que pulsa desde un vacío, que el discurso analítico garantiza introducir lo nuevo (Lacan, 1974/2012).

En fin… No se hace análisis sin el amor

Un psicoanálisis demanda amar su inconsciente (Miller, 2005) por ser el único medio de establecer una relación entre S1 y S2 y hacer desplegar la trama simbólica. Una necesidad que va más allá de las necesidades, como dice Lacan (1959-1960/2013) en el seminario sobre la ética, una necesidad de goce, urgencia del cuerpo hablante. Cabe al amor abrir la puerta y hacer existir lo inconsciente como saber, lo inconsciente transferencial, el Sujeto supuesto Saber, cuyo destino será desaparecer junto con las ficciones de verdad que el sujeto amó, pues el amor a la verdad es también una defensa contra lo real.

Pero una vez perdido el amor al saber, al sentido, al Otro, ¿el amor acaba? Digo que no.

El Uno del amor existe, no miente, su materia es real. Afirmar que la relación sexual no existe no niega la materialidad del amor en tanto Uno. El amor es uno de los nombres de lo Uno del goce, que en el inicio de un análisis se desliza hasta un Otro supuestamente inventado, para separarse de él al final… sirviéndose del Uno que hay como materia prima de Un amor que cada uno inventa con lo que no hay.

La fuerza de ese afecto siempre estuvo allí, brote de vida, y que sigue al servicio de lo real que lo hace consistir para inventar nuevas formas de acontecer y satisfacerse. Su sustancia inventiva parte de lo mismo de siempre: del agujero original, la nada matriz de la creación, donde no hay más nadie. Un amor así ya no es repetición, sino invención.

Éric Laurent (2020) dirá que, para Lacan, “ahí está la clave de todo: ¡es delirante!”. Las supuestas criaturas concebidas en análisis para satisfacer lo que insiste de una existencia imposible de aprehender se revelan al final como semblantes. Lo que en cada uno se cuece, hace soñar y hace delirar, es la fuerza contingente de un real insondable, siempre allí, que causa el deseo e inventa una montaña de cosas, sin apegarse a eso. Es lo que enseña Ana Lúcia Lutterbach (Holck, 2022) colega de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis, cuyo análisis le permitió hacer del exilio en sí, causa y consentimiento:

Aun me dejo caer en el abismo, pero en un “infinito corto”, como lo expresa la poeta Gilka Machado, y desde allí puedo, de pronto, saltar nuevamente hacia otro lugar y hacer, con el “no hay” de la relación, compañías inconsistentes. El futuro también se vuelve corto, listo para ser disfrutado. […] Y, entonces, del desasosiego provocado por lo que no vendrá, surge la intensidad de algunos momentos que se tornan vívidos deseos justamente por ser raros. Si el exilio ya no es el desamparo del Otro, la alianza con la soledad pasa a ser una elección que me permite hacer lazos o quedarme sola, según las contingencias. (p. 132)

¡Sí! Hacer el amor es poesía, como canta Lacan (1972-1973/2006). Al recorrer los circuitos del amor en un análisis, al final cada uno encuentra la poética de su amor posible. Un análisis es una experiencia que se sirve del Uno del amor para inventar una nueva manera de hacer el amor – con una palabra, una letra, un rasgo que hace sinthoma – cuya fuerza sabe abismarse en lo infinito, para inventar, cada vez, cómo pasar por él sin instalarse allí.

El amor que se hace de esa contingencia es solo pasaje y no permanencia, es eterno puesto que es llama e infinito mientras dure[1]. Su fuerza poética sigue a favor de la vida que sigue presente en la invención de respuestas a los impasses de lo cotidiano, en la expresión de un deseo que pulsa en la lucha junto a algunos más y, decididamente, presente en la simplicidad de una sonrisa que, en las comisuras, manifiesta solo – así, de la nada – una pizca de satisfacción, que nadie sabe explicar lo que es y no hay nadie que no entienda lo que sea; materia presente en la poesía con la cual se hace el amor, aún. Ese es el amor que se hace en un análisis: un amor original, solo suyo y de nadie más, que se transfiere al mundo… para desarmar las trampas de siempre y seguir, simplemente, ¡su locura!

Traducción: Marina Recalde

Revisión: Adolfo Ruiz

[1] “Que não seja imortal, posto que é chama / Mas que seja infinito enquanto dure”, versos originales del poema (Moraes, 1946).

REFERENCIAS

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  • Freud, S. (2016). Observações sobre o amor transferencial. In S. Freud, Obras incompletas de Sigmund Freud: Fundamentos da clínica psicanalítica (Vol. 6). Autêntica. (Trabalho original publicado em 1915).

  • Freud, S. (2024). A análise finita e a infinita. In S. Freud, Obras incompletas de Sigmund Freud (C. Dornbusch, Trad., p. 28-115). Autêntica. (Trabalho original publicado em 1937).

  • Holck, A. L. L. R. (2022). Reavida e escrita: Notas de uma psicanalista. Folio Digital.

  • Hommel, S. (2022). Uma história de família no tempo do nazismo. Correio – Revista da Escola Brasileira de Psicanálise, 87.

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  • Lacan, J. (1976-1977). Le séminaire, livre XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre [Inédito].

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  • Lacan, J. (1985). O Seminário, livro 20: Mais, ainda (J.-A. Miller, Estab. do texto; M. D. Magno, Trad.). Jorge Zahar. (Trabalho original proferido em 1972-1973).

  • Lacan, J. (1988). O Seminário, livro 7: A ética da psicanálise (J.-A. Miller, Estab. do texto; A. Quinet, Trad.). Jorge Zahar. (Trabalho original proferido em 1959-1960).

  • Lacan, J. (1992). O Seminário, livro 8: A transferência (J.-A. Miller, Estab. do texto; D. Duque Estrada, Trad.; R. do Rêgo Barros, Rev.). Jorge Zahar. (Trabalho original proferido em 1960-1961).

  • Lacan, J. (2003). Televisão. In J. Lacan, Outros escritos (V. Ribeiro, Trad., p. 508-543). Jorge Zahar. (Trabalho original publicado em 1974).

  • Lacan, J. (2010). Lição de 10 de maio de 1967, Seminário 14. Opção Lacaniana – Revista Brasileira Internacional de Psicanálise, 58. (Trabalho original publicado em 1967).

  • Lacan, J. (2010). Transferência para Saint-Denis? Diário de Ornicar? Lacan a favor de Vincennes! Correio – Revista da Escola Brasileira de Psicanálise, 65, 31-32. (Trabalho original publicado em 1978).

  • Laurent, É. (2013). Sobre o bom uso da supervisão Correio, Revista da Escola Brasileira de Psicanálise, (73), 17-31.

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  • Lacan, J. (2023). Lacan fala – Louvain 1972 [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=wNNRBYyl5PU

  • Laurent, É. et al. (2020). Conversation avec Éric Laurent vers le XIIe Congrès de l’AMP [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=4kNF2v0pvhY

  • Miller, J.-A. (2004). L’amour dans les psychoses. Seuil.

  • Miller, J.-A. (2005, fevereiro). Uma fantasia. Opção Lacaniana – Revista Brasileira Internacional de Psicanálise, 42, 7-18.

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