Malestar en la familia
Christiane Alberti
Psicoanalista miembro de la ECF/AMP. Profesora del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad París 8.
E-mail: alberti2@wanadoo.fr.
RESUMEN
En la práctica del psicoanálisis en lo contemporáneo, los sujetos testimonian un profundo malestar con la familia, lo que puede ser evidenciado por la sustitución de las funciones tradicionales (padre/madre) por conceptos sociológicos abstractos como «parentalidad» y «hacer familia». Este discurso disuelve la causalidad inconsciente e impulsa una igualdad democrática radical que borra la asimetría necesaria entre adultos y niños. La consecuente judicialización y el imperativo de autorrealización individual aíslan a los sujetos, generando un efecto de «irrealización». Ante la fragilidad de los lazos en la contemporaneidad y el retorno de la violencia en lo real, le corresponde al analista salvaguardar la confianza depositada en la palabra y la transferencia para trabajar con ese malestar.
Palabras clave: malestar; familia; niño; contemporaneidad.
RESUMO
Na prática da psicanálise no contemporâneo, os sujeitos testemunham um profundo malestar com a família, o que pode ser evidenciado pela substituição das funções tradicionais (pai/mãe) por conceitos sociológicos abstratos como «parentalidade» e «fazer família». Esse discurso dissolve a causalidade inconsciente e impulsiona uma igualdade democrática radical que apaga a assimetria necessária entre adultos e crianças. A consequente judicialização e o imperativo de autorrealização individual isolam os sujeitos, gerando um efeito de «irrealização». Diante da fragilidade dos laços na contemporaneidade e do retorno da violência no real, cabe ao analista salvaguardar a confiança depositada na palavra e na transferência para trabalhar com esse malestar.
Palavras-chave: mal estar; família; criança; contemporaneidade.
ABSTRACT
In the practice of psychoanalysis in the contemporary, subjects testify to a profound malaise with the family, which is evidenced by the substitution of traditional functions (father/mother) by abstract sociological concepts such as «parenting» and «making a family.» This discourse dissolves unconscious causality and drives a radical democratic equality that erases the necessary asymmetry between adults and children. The consequent judicialization and the imperative of individual self-fulfillment isolate subjects, generating an effect of «derealization». Faced with the fragility of social bonds in contemporary times and the return of violence in the Real, it is up to the analyst to safeguard the trust placed in the word and in the transference to work with this malaise.
Keywords: malaise; family; child; contemporary times.
Propuse el tema del Malestar en la Familia porque este malestar es muy sensible en la práctica psicoanalítica. La práctica psicoanalítica, es decir, lo que se dice en un análisis. Los sujetos que acuden al análisis dan testimonio de este malestar. Y me gustaría decir cómo se expresa este malestar hoy en día. ¿Cuáles son los términos contemporáneos para este malestar?
Y ya podemos notar que las palabras utilizadas para designar a la familia, las palabras mismas, han cambiado. Ya no hablamos de familia, hablamos de parentalidad. Podemos entender con este término que proponemos a cada persona una identidad de “parents/parientes”, es decir, una identidad conceptual y teórica, porque no se especifica la función precisa y única de cada persona en la familia. Hablamos de parentalidad sin designar la función ni el lugar singular de cada persona. Decir “parents/parientes” es muy diferente a designar la función del padre o el deseo de la madre en una familia, o incluso el lugar de un hijo. Estos son términos que ofrecen una identidad teórica, pero con los que no me identifico. Si digo una madre, un padre, mi madre, mi padre, mi hijo, es muy diferente.
“Parentalidad” es un término que proviene de la sociología de la familia, lo que significa que estos significantes, originarios del campo de las humanidades y, por lo tanto, con significados teóricos y abstractos, circulan en los medios de comunicación y, en última instancia, prevalecen dentro de las propias familias.
Utilizaré otro término muy de moda: “Hacer familia” (“Faire famille”) es la frase más frecuente para hablar de la familia hoy en día. Lo que llama la atención es la palabra “faire” (“hacer”). “On fait famille” (“hacer familia”) implica ser el agente en la construcción de la familia, o incluso en su formación (otro término muy de moda). “Hacer”, “construir” o “deconstruir”, también muy de moda hoy en día, se enmarcan en el mismo campo semántico: deconstrucción, construcción y reconstrucción. Lo sorprendente es que estas expresiones presuponen al sujeto humano como agente en la construcción de la familia. Así, el lugar del sujeto, su acción o su posición dentro de la familia implica que el sujeto en cuestión es el sujeto de la voluntad, el ciudadano autónomo que tiene la capacidad de crear su familia desde cero. Entendemos que el registro de la causalidad inconsciente tiende a desaparecer.
Sobre todo, lo que podemos observar en esta frase “Hacer familia” es la desaparición del artículo “una”. No se crea una familia, no se funda una familia, no se pertenece a una familia, se hace familia. No hablamos de mi familia, mi padre, mi madre. Nos referimos a formas de hacer o de ser, pero cada persona queda relegada a una identidad vaga, y nos encontramos caminando totalmente solos.
A esto hay que añadir las transformaciones biosocio-legales de la familia moderna – “almacenamiento de esperma, congelación de óvulos, inseminación artificial, fecundación in vitro” –, por no hablar de las familias rotas y reconstituidas en un verdadero caleidoscopio que, como observa Jacques-Alain Miller, “tienen el efecto de irrealizar el estatus del parentesco”. Esta irrealización es un concepto que debe tomarse muy en serio. Es una expresión que Lacan introdujo por primera vez para denunciar el caso del acting out psicótico. Denunció la irrealización del crimen: los conceptos teóricos y abstractos que intentan explicarlo terminan irrealizándolo, sumiéndolo en abstracciones y haciendo desaparecer su realidad humana, en lugar de plantear la pregunta: ¿quién es este sujeto que cometió este crimen? Lacan criticó así a ciertos psicoanalistas posfreudianos que impusieron una teoría generalizadora y abstracta sobre los crímenes. Demostró que, tras esta generalización abstracta, el criminal desaparece como ser encarnado.
La parentalidad, en este sentido, se ha convertido en un concepto teórico que proporciona una apariencia de identidad, pero los propios sujetos desaparecen, y me gustaría señalar las consecuencias de esta falta de realización. Una consecuencia clave es que los lazos familiares ya no tienen la misma evidencia, y el lugar y el reconocimiento del niño como sujeto tienden a desvanecerse. Me gustaría mostrar cómo.
Hay un elemento característico de la época que se me presentó a partir del último Pipol, este reunió a las escuelas en Europa y el tema fue el Malestar en la familia. Se me hizo presente que hoy la cuestión no es tanto ¿qué es una familia? En la época de la evaporación del padre, y donde la madre misma va a ser evaporada a su vez, como lo anticipó JAM, la cuestión se convierte en ¿qué es un niño? ¿Por qué?
¿Qué es un niño?
En efecto, en ninguna parte mejor que en la familia contemporánea podemos medir el impacto del imperativo que preside a las sociedades democráticas: la igualdad como valor supremo. En efecto, la modernidad individualista que introdujo como valor último «el individuo autónomo» sin duda explica y domina a la sociología contemporánea, pero no permite captar en toda su amplitud el cambio sin precedentes que constituye la igualdad de los sexos y lo empuja a la igualdad en lo que tiene de irresistible según la fórmula de Tocqueville.
Quisiera señalar aquí las consecuencias de la extensión de ese empuje a la igualdad absoluta. En efecto, de ahora en más alcanza los bordes de la niñez, hasta el punto de inscribir en el horizonte una igualdad de estatus entre niños y adultos. Hasta el punto de que la pregunta ¿qué es un niño? se vuelve apremiante. La cuestión se refiere al estatuto mismo de la infancia que ya no tiene la misma evidencia. La noción misma de infancia está puesta en cuestión.
Asistimos hoy, ya no a una “contracción” de la familia, como Durkheim la describió a propósito de la familia conyugal, sino a una dilatación de la familia. Porque lo que constituye la familia contemporánea ya no es “mi familia”, no es más una familia – ya no se funda una familia, no se pertenece más a una familia, sino que cada uno es remitido a la noción abstracta de parentalidad.
Se habla de lazos de “reconocimiento”, de cuidados, de solidaridad, que requiere del lado de los padres “competencias”. En resumen, es la stimmung del care, lo que se supone que caracteriza a la familia. Ni la sangre, ni el derecho, ni el género sino la vida privada igualitaria donde cada uno se supone que cuida al otro respetando sus derechos. Así pues, cualquier grupo humano se ajusta a esta definición de familia: por lo tanto, podemos decir que el significado mismo de familia para un individuo tiende a desvanecerse tras las definiciones generales de “cuidado de los demás”. Por eso hablo de la dilatación de la familia, ya que se extiende a cualquier grupo humano.
En el fondo, es la naturaleza misma de los lazos familiares, la significación misma de la familia lo que está en cuestión, el vocabulario es el del funcionamiento y del disfuncionamiento, de la gestión. La familia se volvió no ya un lugar del encuentro con el deseo del Otro, sino el núcleo de la realización de sí, el volverse uno mismo se transformó en un imperativo social.
¿Avanzamos, entonces, hacia una igualdad de estatus adulto niño?
¿Hacia una igualdad de estatus adultos niños?
La ciudadanía del niño de pleno derecho sigue siendo en la mayoría de los países ciertamente simbólica, pero constatemos que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, de 1989, no se limita a la protección de los niños. Introduce la pretensión de niños con derechos como personas con todas las de la ley, es decir una definición del niño en referencia a sí mismo. Traduce que el trabajo de la igualdad ya hizo su obra en el plano de las mentalidades y de las normas y que precedió al derecho. El niño debe desarrollar sus propios recursos, construir su vida como una obra de arte. Y para ello no debe soportar un poder demasiado fuerte de parte de sus padres. De este modo, la familia se convierte, lo mismo que cualquier comunidad social, en un grupo entre otros. La nueva judicialización de la relación con el niño que se supone garantizaría su libertad es tal, que reina en la familia un espíritu de contrato que tiene como efecto desecar el vínculo con el niño: a partir del momento en que se respetan sus derechos, se liberan de lo que se le debe en tanto padres. Es una versión contemporánea de la impostura paterna.
Vemos como se reduce una concepción de la educación por la trasmisión, en provecho de la realización de sí, es lo mismo que decir la ilusión de la realización únicamente personal, la experiencia del uno totalmente solo, sin brújula, librado a sí mismo. Es el empuje a gozar de nuestros tiempos modernos, un superyó feroz: aquel de haber resuelto solo los impasses de la existencia. En lugar de la significación de la familia, tenemos la parentalidad, una noción teórica abstracta que hace de los padres unos completamente solos. En este contexto, el niño también se encuentra como el uno totalmente solo, niño rey o niño librado a sí mismo.
Por otra parte, una de las tensiones de la modernidad se anudó en torno de la cuestión de la herencia. La primacía acordada a la solidez identitaria o a la consolidación personal va a la par con la toma de distancia en relación con el origen familiar. En todo caso, el niño tendría derecho a elegir el linaje con el cual se identifica, puede, lo cito: “replantear sus propias raíces”. La dimensión identitaria prima sobre el origen familiar. Es una libertad mortal, la del dejarse caer del Otro.
De este modo, el trabajo de la igualdad democrática es llevado al colmo cuando se extiende al niño, puesto que la disimetría entre adulto y niño permanece ineliminable, salvo deshaciéndose definitivamente de la dimensión de la educación que preside a la definición misma del niño. En efecto, lo que preside a la definición del niño, es el sujeto para educar, para conducir, un sujetado. ¿Cuál es la matriz de la educación? Una bola de carne, un cuerpo vivo, del que debe extraerse un sujeto a partir del saber de los padres. Lo que habla de la función de pasadores y de sujetos supuestos saber que son los padres en relación con sus hijos. Son los pasadores del color del mundo, aquel que encanta el mundo, que lo erotiza.
Podemos señalar que la pregunta ¿Qué es un niño? recientemente retornó en lo real a través de la pedocriminalidad y del incesto. Como si la época pusiera al día que el revés de las familias, el abuso, el incesto, el secreto, se manifiesta no como revés sino en lo real, en el pasaje al acto, en el acting. La violencia, los pasajes al acto, los abusos se multiplican particularmente en las parejas, en el seno de las familias, allí donde se esperaría que el amor, por el contrario, teja lazos resistentes. Algo no resiste más. Como si la era de los Unos totalmente solos no permitiera más a cada uno soportar su propio goce malo, y no le permitiera más dar lo que no tiene, según la definición de Lacan del amor.
Estos últimos años, luego del movimiento Me too y de las investigaciones sobre abusos sexuales de menores en la Iglesia, que fueron mucho más allá de la Iglesia; el problema del uso del poder con fines de abuso sexual, reformuló la barrera sagrada de años en el debate social. Luego de revelaciones públicas de incestos por parte de autores conocidos en Francia, se volvió necesario inscribir en la ley que, por el único hecho de la edad, el niño no está en condiciones de consentir o no a una relación sexual con un adulto.
Vemos que hoy es necesario fijar la edad de la infancia en la ley, la infancia como un tiempo donde los tanteos de la sexualidad infantil debe ser aún protegidos. Señalemos también que a través del adjetivo “incestuoso” fue reintroducido el incesto en la reciente ley. ¿Por qué ahora? Quizá porque ya no estamos seguros de que la prohibición del incesto como ley fundamental se sostenga por sí sola, dado que las referencias simbólicas se han transformado tanto.
Irrealización…
La lengua de la época tiende a volver teórico y abstracto todo aquello que constituye lo irreductible de la transmisión familiar, borrando la diferencia entre adulto y niño se tiende a borrar el principio “paternal”. Aquel que no da la ilusión de una repartición igualitaria e identitaria del goce, pero en el que opera por el contrario una discriminación de los goces (según la fórmula de Éric Laurent). ¿Qué otra cosa son los vínculos que hoy llamamos tóxicos sino vínculos donde hay mezclas de goces?
Los que nos dominan son discursos teóricos y abstractos. ¿Cuál es la consecuencia más importante? Diría que tienen un efecto de irrealización, porque están separados de la experiencia real de los sujetos y de las palabras producidas en su contingencia y su temporalidad, es decir con su valor de goce.
En efecto, tenemos que vérnosla con ese empuje a la igualdad como un dato que no volverá atrás. Es así, y nosotros psicoanalistas no vamos a renegar de los avances del derecho en materia de protección del niño que son indiscutibles. Podríamos ver en este recurso al derecho una manera de hacer un sujeto, de respetar al sujeto, pero como hemos visto, el revés de esta judicialización excesiva, es el empuje a la realización de sí, únicamente personal. Esto conduce a exigir que el niño no produzca síntoma, porque es considerado como separado del deseo de la pareja parental en lugar de ser un síntoma de ella.
Por otra parte, no se habla más de síntoma familiar, solo hay disfuncionamientos, lo que marcha o lo que no marcha. El registro de la causalidad inconsciente ha sido borrado. En el fondo, no se cree en el síntoma.
Por ello, esos discursos abstractos irrealizan. Debemos entenderlo, no en el sentido en que el niño mismo sería irrealizado como persona, sino en el sentido en que los padres no saben ya quién es su hijo, pues la relación con el objeto del deseo que son se borra en el discurso.
Decir que el niño es el objeto del deseo del otro, hoy es muy difícil de entender. En efecto, la idea de considerar al otro como un objeto no tiene buena reputación en la modernidad. Lacan no comparte este punto de vista. Esto es lo que dice: “Ojalá a todos esos otros les hubierais tratado como a objetos, cuyo peso se aprecia, así como su gusto y su sustancia. Hoy estaríais menos turbados por su memoria. Les habríais hecho justicia, rendido homenaje, dado amor. Los habríais amado al menos como a vosotros mismos, sólo que os amáis mal”, afirma.
El saber sobre alguien es lo que se conoce o reconoce de él, es un saber que no excluye el afecto y que se funda en la experiencia. Saber sobre el otro es conocerlo como objeto y si entendemos como Lacan la noción de objeto, es saber lo que el otro provoca en ustedes, tanto los arrebatos como los rencores, todo lo que resiste a la idealización y a las abstracciones. Es un saber que está lejos de las categorías abstractas porque pasa por los desfiladeros del significante y circunscribe un real para hacerlo entrar en un intercambio con el otro. El saber inconsciente atrapa el malestar para el sujeto, para la erotización del mundo, para el pathos y no la intelectualización.
La orientación de la enseñanza de Lacan toma con ello todo su alcance actual para comprender este efecto de irrealización. El señala que la función de la palabra en el análisis tiene un efecto de revelación de verdad no advenida, pero también un efecto de realización, realización del ser. No se trata aquí como se lo entiende a menudo de “poner una palabra, o liberarla” sino de las consecuencias de la palabra. La palabra les da un espesor del ser, una consistencia, una subjetividad. Por lo tanto, el efecto de la palabra en análisis, en un sentido es corregir la irrealización, ganando en espesor del ser allí donde los sujetos ya no lo tienen en el discurso.
Las consultas a analistas, a los centros de tratamiento y atención de orientación lacaniana son muy numerosas. Esto indica que los sujetos contemporáneos esperan una interpretación más precisa de su malestar, una que no deshumanice, una en la que reclame su lugar y aborde su propia realidad de goce, su singularidad. De esta manera, podrían tener la oportunidad de superar su malestar de otra forma que no sea a través del pasaje al acto.
Por lo tanto, es un contexto de la demanda de análisis, donde las sujetos primero deben liberarse del anonimato, de la irrealización; tienen la necesidad de que se reconozca su existencia. ¿Qué buscan saber cuando recurren a un analista? Buscan comprender lo que persiste del misterio familiar, los abusos, los incestos, secretos, es decir, tantos dramas, locuras y estragos que caracterizan el malestar dentro de sus propias familias.
Un malestar del que ya no sabemos hablar. El estatus, la profesión, incluso la de influencer, indican claramente el lugar de sustitucion de los vínculos que la familia de los UNOS Parentales les cuesta ofrecer.
Estos vínculos imaginarios son frágiles. Hoy en día se rompen fácilmente. De ve en cuando se fracturan en el paso al acto violento o criminal, lo cual siempre supone una transgresión de los límites del lenguaje. El sujeto, sin recurso alguno, desaparece como sujeto en el acto en el que se precipita y se condensa como objeto. Un intento salvaje de captar en la acción violenta la causa del deseo elusivo, el sentimiento de vida que no ha sido inscrito o el significado de la sexualidad, que no es un misterio sino un enigma.
Las locuras familiares, los dramas, los abusos, el incesto y los crímenes tal y como ocurren hoy dan testimonio del rechazo del síntoma y su retorno en lo real.
La familia se modifica, pero lo ineliminable del vínculo permanece; está “unida por un secreto, […] un secreto sobre el goce”. “La familia tiene su origen en el malentendido, en el desencuentro, la decepción, el abuso sexual o el crimen”. El núcleo de la familia fue y sigue siendo aquel donde se aprende a hablar, donde se aprende la lengua materna. Los modos de goce de una época se inscriben y transmiten allí. Por eso, le corresponde al analista salvaguardar la confianza depositada en la palabra y la transferencia. Según Freud, la transferencia marca la adopción del analista por parte del sujeto: el analista entra, por así decirlo, en la familia y se beneficia de la autoridad que era la del padre o la madre, la Autoridad de lo que se llamará el Otro primordial. Hoy el Otro primordial está ahí en su forma mínima, la forma mínima de la asimetría necesaria entre niño y adulto.
Edición del texto: Ramón Ochoa
Revisión: Agustina Brandi