La coordinación de la RPA eligió «Hablar de lo Traumático» como tema de investigación para el período 2025 / 2026, invitando a practicantes vinculados a las tres Escuelas Latinoamericanas (EBP, EOL y NEL) a poner al trabajo esta paradoja del psicoanálisis: “hablar de lo indecible”. Dejarnos enseñar por los casos clínicos en un espacio de conversación permanente, durante un período de tiempo ha sido nuestra apuesta, con el deseo de ir inventando y consolidando un trabajo en red.

Son 9 los casos clínicos -3 de cada escuela- que hemos trabajado detenidamente en las tres conversaciones virtuales que hemos mantenido hasta ahora, sin embargo resulta central señalar que la investigación clínica no se ha circunscripto a estos materiales si no que los excede en tanto que se ha nutrido también de los más de treinta casos que hemos recibido como respuesta a nuestra convocatoria inicial.

A las tres conversaciones clínicas mencionadas -dos en el 2025, una en el 2026- se le sumó un encuentro singular ocurrido en el contexto del ENAPOL en septiembre del año pasado. Dicho encuentro -que contó con la participación exquisita de Ricardo Seldes como éxtimo- adquirió el valor de escansión, de corte, que relanzó la investigación.

Entonces les proponemos que tengamos en cuenta la secuencia siguiente: dos conversaciones, un corte, una conversación, hoy.

Antes de compartir con ustedes algunas coordenadas de nuestro “hoy”, creemos fundamental retomar algunos efectos de ese corte que fue para nosotros Belo Horizonte.

Acontecimiento Belo

Infiltrar

¿Qué quiere decir ser lacaniano en el campo del psicoanálisis aplicado? Esa fue la  primera provocación que Ricardo Seldes nos lanzó, subrayando la orientación que Fernanda Otoni nos ha recordado cada vez según la cual “el discurso analítico se infiltra en el tren político y social del discurso de la época como un agente modesto pero activo para producir una brecha e insertar el grado de diferencia absoluta que no se deja normativizar”.

Los casos presentados nos permitieron iluminar de que se trata esa infiltración y cómo cada uno de los practicantes, en los diferentes y variados ámbitos institucionales, se las ingenia para sostener y transmitir ese saber. “Infiltración argumentada”, propuso Seldes, en tanto son los practicantes, los agentes portadores de su propia mutación.

Seducir y agujerear 

De la clínica se extrae una orientación: ir en el sentido opuesto a la normalización del amo, que intenta universalizar el trauma según el sentido común. Se verifica un primer movimiento de seducción para entrar en las instituciones y, a partir de ahí, crear cierta resistencia a la normalización, produciendo un agujero en el discurso masivo del amo.

 

Tiempo de comprender

La introducción del tiempo de comprender aparece también en casi todos los casos clínicos que trabajamos en nuestras conversaciones. La primera observación es que esta intervención se vuelve necesaria no solo para los sujetos, sino también para las instituciones. Para diferenciar lo traumático del trauma prêt-à-porter del discurso del amo, que instala la lógica de la víctima como centro de la cuestión, es preciso construir lo traumático, crear el tiempo para que el sujeto pueda incluirlo en su cuenta y responsabilizarse sin culpabilizarse por ello.

Resistir 

Sobre el analista en la institución, otro movimiento decanta: “El analista no puede no estar en contacto con lo social”, señalaba Seldes a modo de exhortación. Ese contacto no queda liberado al azar o a la contingencia: es una necesidad.

En el contexto neoliberal actual -que se impone en las instituciones y atenta contra el deseo- el practicante, de menor o de mayor experiencia, “no es víctima” si no que le toca asumir una posición de resistencia.

Inventar el trauma

Respecto a nuestro tema de investigación un movimiento producto de ese encuentro se sucede. Se trata de un desplazamiento, un pasaje que implica una depuración: de “Hablar de lo traumático” a “Hablar lo traumático”. Si, como recordó Ricardo Seldes citando a Lacan en Yale “el trauma es siempre sospechoso” −porque está mediatizado por la memoria−, la expectativa de hablar “sobre” lo traumático termina por caer. Más bien lo traumático habla y a veces sin palabras: requiere ser construido, inventado, producido.

Hoy

La pregunta lanzada por Seldes -¿Qué quiere decir ser lacaniano cuando de psicoanálisis aplicado se trata?- adquirió este último tramo un nuevo vigor. Esta cuestión, enriquecida por el trabajo de intercambio con el Buró y el interés renovado por la brevedad suscitado por el Congreso Mundial de la AMP, reescribe nuestro tema una vez más:

“Hablar lo que urge. Tratamientos psicoanalíticos breves”.

Como otras veces, escuchamos a Otoni señalar algo así como: “¡Vuelvan a los casos pero cambien la carnada!” Y salimos esta vez a pescar en nuestra casuística las intervenciones que nos permitan dar una vuelta más y leer lo que ocurre cuando la presencia del analista —corte y/o costura— se aloja en el hilo del trauma.

s allá de la enfermedad que comprometía seriamente su vida, la vitalidad de una joven ya estaba amenazada por lo mortificante de su posición subjetiva. Una estragante relación con su madre le impedía hasta subjetivar la enfermedad misma. En este caso la practicante -desde un servicio de cuidados paliativos- opera como agente de separación. La intervención analítica corta, vocifera y horada, rompe el pegoteo y en esa hiancia, con la urgencia de la muerte en el horizonte, la joven se vivifica.

En un encuentro coordinado por practicantes del psicoanálisis un grupo de jovenes en un Centro de Internación Provisoria del Sistema Socioeducativo de la Ciudad de Belo Horizonte hablan del tedio y de la muerte: “Es difícil, hay momentos en que me dan ganas de matarme, ahorcarme, saltar de la ventana de la celda y estrellarme contra el suelo, igual que un cohete”. Los practicantes están atentos al equívoco y lo hacen resonar: “¿Un cohete? ¡Pero el cohete sube…!”, intervienen. En un encuentro posterior la queja de las jóvenes se desplaza hacia la dificultad de hablar de cosas propias de su edad en el encierro, extrañan “hablar de la vida”, los practicantes repiten esa expresión introduciendo un giro inesperado: “¡Hablar da vida!”.

Una practicante recibe en un servicio de atención  a un hombre adulto que había perdido a su hija hacía solo dos meses. Es la primera experiencia analítica de su vida, dice que nunca se le hubiera ocurrido consultar.  En gran medida consiente a los encuentros porque de esta forma acompaña a su hija menor a sus entrevistas que son en el mismo horario que las de él. La institución es dócil frente a esto, promueve, tolera y acepta esa modalidad, hace de partenaire de un rasgo del sujeto que pesca rápidamente: “sostener al otro”. La apuesta inicial es bordear con palabras lo sucedido. El resultado de esta forma de alojamiento es que el hombre desgarrado por su duelo sueña. Así una serie de pesadillas -al estilo de “Padre, acaso no ves que ardo”- balizan el trabajo que finalmente produce un pasaje de una herida abierta a, en palabras del sujeto, “una cicatriz que no se va a ir nunca”.

Una niña de 10 años es llevada de urgencia a un hospital general. En posición fetal y casi cadavérica, emite sonidos, que más bien parecen aullidos, al estilo niño lobo de Rosine Lefort. La practicante que la recibe fuerza una internación médica poniendo énfasis en el estado de desnutrición a la vez que el hospital la compromete a asumir la responsabilidad y atención del caso. Una vez internada, logra armar un dispositivo institucional con todo un equipo interdisciplinario diseñado según la extrema particularidad del caso. A nivel individual, entabla un lazo precario con la paciente a partir de hablar la lengua quechua -único idioma que la niña conocía.

Un practicante acompaña a una mujer trans en el cambio de nombre introduciendo la posibilidad de “comenzar una nueva etapa”. Por otra parte aísla significantes centrales: frialdad”, congelada”, “expuesta” y sostiene el espacio de escucha individual -cuando la institución se orientaba por el trabajo grupal-. Estas maniobras le permitieron a esta mujer sostenerse del lado de la vida luego de una metonimia de intentos de suicidios y marginalidad que no habían encontrado hasta entonces un freno.

La intervención de una practicante en el ámbito de adopciones permite abrir el tiempo de espera necesario para que una niña en vías de ser adoptada pueda desplegar sus preguntas y atravesar los temores respecto de la transformación de la escena familiar. Ese lapso le permitió consentir subjetivamente a este paso y asumir la elección como propia. La practicante debió también maniobrar con la institución que pretendía a toda costa apresurar dicha adopción para cumplir con los tiempos administrativos. 

Una practicante describe los efectos de una supervisión al equipo de un hogar de acogida sobre el caso de una niña de 13 años con un historial de abandonos sucesivos por un Otro que se presenta mortífero. La supervisión construyó la importancia de que la analista ofreciera un Otro que no la abandonara, al mismo tiempo que vació el horror que la historia de la adolescente causaba. A partir de una acusación de robo de un cargador de celular, justamente cuando la adolescente no estaba en el hogar, la analista pierde el contacto con la paciente, y la supervisión se muestra esencial para sostener la insistencia en efectuar ese contacto, manteniendo el lugar de excepción de la adolescente en relación con las reglas del hogar.

Una joven consulta en PAUSA cuando aparentemente la presencia de su hermano adicto y las exigencias de sus padres que la hacían responsable de su cuidado se tornan insoportables. La sujeto sin embargo comparte desde el inicio otro retazo de su historia sin aparente conexión con su motivo de consulta: en un accidente grave a los 8 años de edad es atendida de urgencia y como consecuencia de las maniobras para salvarla le rompen las cuerdas vocales quedando como saldo de ese evento una voz ronca que la acompaña desde entonces. La practicante por un lado apuntará a separar lo que en los dichos de la joven es del orden de lo familiar -sobre todo materno- de lo que es propio, y por otro no se apresurará por asignarle al accidente infantil en sí el peso de lo traumático si no que apuntará a recortar ese resto colateral que todavía insiste, ese defecto en la voz perdurable y singular.

Una entrevista clínica de orientación lacaniana en el Instituto Raul Soares (IRS) en Belo Horizonte pone freno a la ideación suicida de una mujer psicótica. Se trata de un caso grave con muchísimas dificultades para su externación. La paciente presenta un texto escrito con su historia y el inicio de su delirio persecutorio ante un público numeroso y silencioso. Al salir, cuenta su idea de construir una cúpula de vidrio alrededor de su casa, una solución para poder ser vista, lo que de alguna manera la organizaba, sin ser invadida. Como efecto inmediato, la paciente duerme por seis horas seguidas después de la entrevista y se pacifica su inquietud paranoica.

Investigar en psicoanálisis es a veces hacer listas como la del «El idioma analítico de John Wilkins» de Jorge Luis Borges. Podríamos hacer la del “analista infiltrado de la RPA”:

Agente de separación

Placa sensible que hace resonar el equívoco en una dinámica grupal

El que sutura con sueños el desgarro de un duelo

El que inventa una internación médica

El que no le dice a una niña las maravillas de ser adoptada

El que sabe esperar

El que persuade de esperar a una institución

El que acompaña

El que encarna un Otro necesario que no abandona

El que localiza el trauma en donde no se lo esperaba

Practicante-freno de una ideación suicida

¿Es posible decir algo de esta clasificación no exhaustiva y arbitraria de elementos heteróclitos? ¿Algo que nos permita arribar a un nuevo punto conclusivo? ¿Algo qué nos sugiera nuevas preguntas para poner en conversación hoy?.

En principio nos interesa recortar la temporalidad de las maniobras listadas. Se trata de sucesos que ocurren de una sola vez, de un solo golpe, que requieren tan solo del espacio de un encuentro y de cierto cálculo de la oportunidad. En ese sentido la entrevista de orientación lacaniana o de testimonios clínicos puede ser paradigmática.

Se corrobora que pareciera bastar con la presencia de un analista dispuesto a infiltrar el discurso analítico en un ámbito institucional. En este sentido resulta patente que el analista es un “objeto nómade” que hace del dispositivo analítico una “instalación portátil” como señalaba Jacques-Alain Miller en el 2007. Efectivamente, cuando eso ocurre, se verifica que la infiltración es doble: con el sujeto en cuestión y con la institución misma de la que se hace parte.

En el filo de lo que urge y de lo que ruge, en el destello de un instante que es tiempo analítico, el practicante se hace partenaire del trauma y no del sujeto: vocifera, corta, separa, acompaña, equivoca, camina lento cuando todos tienen prisa, escucha, agujerea y eso tiene efectos para nada desdeñables como hemos visto.

¿Qué más podemos decir de esos efectos? ¿Qué estatuto darles? ¿Qué decir de la transferencia? ¿Dónde localizarla? ¿Acaso “prescindimos” de ella cuando lo que prevalece es la lógica del encuentro?

Los invitamos una vez más a conversar: “Hablar lo que urge. Tratamientos psicoanalíticos breves”.