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La separación, forzada o voluntaria, de un individuo de su tierra natal, de su lengua y de los suyos es lo que se conoce como exilio. Este término evoca una expulsión por fuera del lugar de origen, por fuera del Otro donde un sujeto está inscrito. Dicha separación es experimentada como un “arrancamiento donde se pone en juego el dolor de existir”[1]. En este sentido, podemos decir que solo hay exilio para el ser hablante, en tanto este atravesamiento nos remite a una experiencia subjetiva singular e irrepetible y que se encuentra intimamente articulada al  lenguaje.

Exilio generalizado

Abordar el exilio es referirnos a la condición misma del ser humano. El nacimiento del viviente está marcado por la prematuridad. Este llega al mundo, desvalido y desprovisto de los recursos necesarios para sobrevivir, necesita de un Otro que venga en su auxilio. El encuentro del viviente con el Otro es de un orden singular, imprevisible y marcado por la contingencia. Una nacionalidad, una lengua, una familia y un discurso nos son impuestos incluso desde antes de nacer.

Bajo estos términos, el nacimiento puede ser leído como una forma de exilio. Expulsados hacia un Otro desconocido, extranjeros frente al Otro que se impone a nuestra llegada. Al principio está el exilio[2]. Nacemos lanzados a un mundo habitado por el lenguaje, exiliados al campo del lenguaje. El lenguaje es así nuestra patria y nuestro exilio.

Exiliados del lenguaje

“El exilio al lenguaje es un exilio del cual nadie puede huir, salvo los autistas[3]” Estos sujetos escapan al equívoco del lenguaje y al sentido. Resguardándose de este, se encuentran en un modo de exilio o autoexilio del Otro, exiliados del discurso y del lazo. El repliegue y el encierro sobre sí mismo es la cara visible de este exilio. El mutismo, la huida de la mirada, la retención de esfínteres, entre otras manifestaciones surgen como un modo de defensa del Otro.

La construcción de una suerte de cuerpo-caparazón funciona como un borde que hace límite frente al Otro y  le permite defenderse de las manifestaciones del Otro[4]. Sin borde, el autista queda desprotegido frente al murmullo de lalengua del cual busca defenderse. Aunque en un inicio de la vida, el autista pueda insertarse en el mundo haciendo uso de algunos significantes, este se detiene ya que “el conjunto del baño del lenguaje en el que está inmerso no cesa (…) de zumbar todos los equívocos posibles de lalengua”[5].

La neo-barrera corporal forjada por el autista puede ser tomada entonces como un espacio para transformar el ruido fundamental de la lengua[6]. Es un lugar donde a través de la recurrencia a lo mismo y la repetición, intenta hacer un tratamiento de este. Las tentativas serán incesantes para intentar reducir los equívocos a algo calculable y previsible. “El carácter autístico de esta estructura reside en el hecho en que un autista pueda querer interpretar la lengua de manera enteramente reductible a un sistema de reglas. (…) sin equívocos posibles.”[7] Así vemos que la recurrencia al número o las imágenes es privilegiada por varios autistas, intentando liberarse de toda carga significante y de sentido.

Renacer al Otro bajo una lengua privada

El caso de Daniel Tammet y su relación a los números puede enseñarnos al respecto. Autista  británico, escritor y políglota, Tammet confiesa que siempre se sintió extranjero en su país, extranjero a la lengua inglesa y a los que la hablaban. Su lengua materna – nos dice- son los números. Estos estuvieron presentes en su vida desde una edad muy temprana y vinieron a su rescate mucho antes que las palabras. De pequeño, ante sus interminables crisis de llanto solo el balanceo sobre una manta lo tranquilizaba. Así también, los golpes de cabeza contra un muro eran recurrentes y se acentuaban ante situaciones que le generaban angustia. Luego, a los siete años los números vinieron a él otorgando significaciones privadas a su mundo. Los números se convirtieron así en su refugio.

Tanto el balanceo como los números son previsibles y calculables. Tammet se apoyó en la certitud de su lengua numérica[8] para hacer frente a un mundo caótico e incomprensible. Los números como lengua privada permitieron a Tammet no solo decodificar el mundo en el nació, traducirlo y darle un orden, sino que le permitió hacer un tratamiento de este resguardándolo del equivoco de la lengua. Tiempo después su amor por los números lo acercaron a los libros, a la literatura y las lenguas.  O para decirlo con Miller – lo  hicieron dócil a lo nuevo.

En ese sentido, el caso de Tammet nos enseña sobre la orientación en la clínica del autismo. El acompañamiento terapéutico debe poder alojar los hallazgos e inventos del sujeto. Y bajo transferencia, hacer posible la composición de un lazo hacia el Otro, de un nuevo nacimiento, après-coup[9]. Partir de los hallazgos de los autistas es apoyarse en lalengua privada del ser hablante y respetar su posición de exilio singular, lejos de todo ideal de normalización y de asimilación.


[1] Alberti, C. « L’exil et l’identification ». Exils, regards psychanalytiques, Association Genevoise de Psychologues. 2019. p. 56

[2] Ansermet, F. “L’exil et la séparation”. Exils, regards psychanalytiques, Association Genevoise de Psychologues. 2019. p. 72

[3] Brousse, M-H. “Exilio y Lenguas”, Conferencia publicada en Radio Lacan

[4] Laurent, E., La bataille de l’autisme. Paris, Navarrin/Le Champ Freudien, 2012 p. 65

[5] Miller, J-A. Laurent, E., Maleval, J.C., Scjejtman F. Tendlraz, S. Estudios sobre el autismo. Buenos Aires, Diva, 2014, p. 37

[6] Laurent, E. Op. Cit.  p. 91

[7] Ibidem. p.40

[8] Tammet, D. Chaque mot est un oiseau qu’on apprendre à chanter. Paris, Les arènes, 2017, p. 11

[9] Ansermet, F. Predire l’enfant. Paris, Presses Universitaires de France, 2019, p.38  “El origen no está solo en el pasado. Él está también por venir, siempre a volverse a jugar. El origen no está ahí de una vez por todas, (…) componemos con él, para ponerlo nuevamente en juego, para nacer ahí après-coup et cada día más definitivamente”.