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Por Gabriela Grinbaum

Luna de papel era MÍ película: amaba tanto esa película. En el cine de la Calle 8 en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires. El Cine 8 se llamaba. El film lo pasaban todos los años, y todos los años, ahí, sentada con mi padre, volvía a verla.

Se trataba de la relación de un padre, Ryan O’Neil con su hija Tatoom O’Neil y me maravillaba saber que eran en la realidad, padre e hija.

Esa historia de amor entre el padre y la hija la pedí prestada, ella rebelde que fumaba cigarrillos de lechuga, o así me lo dijeron cuando pregunté sorprendida si podía fumar una niña tan pequeña.

Me encantaba desde muy chiquita decir a viva voz: Soy atea. Daba gracias que una niña entienda eso.

Por supuesto que era tan festejado, en especial por mi abuela la polaca, atea, judía y fumadora. Hasta que en el análisis entendí que era la más creyente y religiosa. Dios era mi padre. Sin duda, amado y venerado por mí.

La marca de esa abuela que me ubicó en la amada del otro, con la frase repetida tantas veces, la receta del amor que más conviene: Vos lo tenés que querer, pero él te tiene que querer mucho más de lo que vos lo querés a él. Inscribiendo el imperativo de la forma erotomaníaca del amor: que el otro me ame, que el otro me ame más…

Había una excepción, el amor fascinante al padre.

Un padre silencioso al que me dediqué a arrancarle las palabras hasta quedarme sin voz para despertarlo, hacerlo hablar, vivificarlo.

El recuerdo de esa película que llevo al análisis escondía otra, mi versión del Edipo freudiano. Esta película me había helado la sangre, escondía un goce que ocultaba. Se trata del cuento de Perrault llevado a la pantalla por Jacques Demy, Piel de asno. En su lecho de muerte, la Reina le hace prometer al Rey que no volverá a casarse hasta que no encuentre una mujer más bella, buena e inteligente que ella. Años más tarde el Rey encuentra a la perfecta sustituta de su fallecida esposa: su propia hija. Horror y satisfacción.


Gabriela Grinbaum es psicoanalista. Miembro de la AMP y de la EOL.

AE (2014-2016). El presente texto se encuentra ampliado en su libro Una mujer sin maquillaje de Editorial Grama (2019) con prólogo de Graciela Brodsky y epílogo de Maitena Burundarena.